Carmen B. López-Portillo Romano, El Claustro, 2019

EL SER HUMANO ES UN SER PRIVILEGIADO, es un ser que se conmueve de manera peculiar ante el tiempo, el color, la forma, el silencio, las transparencias, el volumen, la línea, la textura, la sonoridad y la palabra, puede valorar aquello que ve, que oye, es sensible a esa manera de expresar lo mejor que somos.
Hay muchas formas de expresión, como hay muchas maneras de ser, pero hay algunos seres humanos cuya expresión permite que nos reconozcamos en la intimidad milagrosa de sus obras, hay seres que nos permiten oír no sólo con los ojos, hay seres que tienen el “don de volver sensible lo impalpable y visible lo incorpóreo,” como lo sugiere el poeta.

Acaso el arte permite que el ser humano cumpla de la mejor manera su libertad; hace que la realidad aparezca, consuma la apariencia del ser. Pero el tránsito de lo sensible a lo inteligible no se da al interior de la obra sino en un sistema de signos que encuentran su significación en otros sistemas. Los valores artísticos no son autónomos construyen siempre una repre- sentación sin la cual la obra no significaría. La obra sobrevive gracias a las interpretaciones de quien mira, de quien escucha, de quien atiende, de quien admira; ellas permiten que la obra traspase su propia historia para insertarse en la vida.

Esa comprensión no puede ser sino aproximada: un vislumbre. Acaso el artista es algo así como un traductor, aunque la traducción sea una ransmutación, una recreación, una tangencia que requiere que el otro mire, escuche, atienda, se conmueva, vibre, se cimbre, reaccione y responda, se admire.

Octavio Paz escribió en Los Privilegios de la Vista que “el ser es invisible y estamos condenados a verlo a través de una vestidura tejida de símbolos. El mundo es un racimo de signos, La representación significa la distancia entre la presencia plena y nuestra mirada: es la señal de nuestra temporalidad cambiante y finita, la marca de la muerte. Así mismo es el puente de acceso, ya que no a la presencia pura y llena de sí, a su reflejo; nuestra respuesta a la muerte y al ser, a lo impensable y a lo indecible. Si la representación no es abolición de la distancia- el sentido jamás coincide enteramente con el ser – es la transfiguración de la presencia, su metáfora.”

Así las cosas, estas líneas son una invitación a transitar en el tiempo de Meta, de Mari Carmen Hernández, de las miradas a los colores marinos, de la belleza aferrada a la luz al enigma de las sombras, de las modulaciones del tiempo reflejado al diálogo plural y azaroso que renace de la seducción de la obscuridad rilkeana. Se trata de interceder por la vida, aspirar a que el tiempo se condense en una mirada que le dé sentido a las posibilidades del color, sumergirnos en el agua inventada de sus cuadros para rozar el principio de la vida de la artista, el río que inspira la obra de Meta y festejarla.

Carmen B. López-Portillo Romano – 2019

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